Bendecía tu ausencia las noches que podía irme a dormir tranquila. Las noches en las que pude arreglármelas por mí misma -sin luna… Mis aullidos fueron escuchados, y la oscuridad me acompañó por días, enseñándome a aceptar que no se puede escapar de las batallas que has librado, las obras que has forjado, o los ojos que has amado.
Te amé antes de conocerte. Conocí tus embates de fiera antes de poseerte. Creí en ti antes de adorarte. Ese es mi presente al que no puedo traicionar.
He caminado todos estos días por distintos muelles, observando la dinámica de los puertos y nada me dicen. Yo no sé lo que es navegar. Estoy anclada en ti y estoy cómoda. Las aguas sólo me remiten a esa última tarde en el hotel cercano a tu oficina, ese día que me escapé y recorrí kilómetros solo por verte, desnudarte y volver.
Esa noche volvía bordeando el lago, con miles de sensaciones y sabores felices, feliz, ungida con luces de neón de mil colores, como un concierto de rock.
Estos días he visitado aeropuertos también, brincando a través de las ciudades, penetrando miradas y escarbando deseos. Deseando yo misma… La dinámica del aire nada me dice tampoco, porque los lugares son distintos cada vez que vuelas aunque sean los mismos. Pero para mí tu piel es siempre el territorio seguro, donde toda guerra acaba y donde toda guerra empieza.
Para mí el viento es lo que mueve tu cuerpo y aprieta tu pecho. Es mi espacio.
Deambulando por las noches he deseado desear otro amor. Esos deseos por cada sombra furtiva me han convencido de que tienes derecho a más que mis temores. Tienes derecho a más que mis tempestades. Por eso callo y anulo la espera intentando amar a otro. Cada vuelta de esquina promete un recomienzo, que el polvo se lleva tras las pisadas.
Inevitablemente la soledad está de mi lado. Los otros pasan, callan, observan, siguen… no son su objetivo. Soy yo, quien puede olerla en las teclas de mi control remoto.
Esta noche en mi cama sólo me queda por ofrecerte un elemento, el fuego.
Nada puede saciar mejor nuestra sed de encuentros y apaciguar la lejanía. Nuestra paz se consume en un instante, el mismo instante en que nos dejamos, y nuestra esperanza se cifra en el nanosegundo en que coincidimos. Eso es el fuego, fugacidad, idoneidad de la rápida huida, sin territorios ni mareas, una sola reconvención, un único orgasmo.
El olvido de las piedras y la incorporeidad de las aves nos agota en nuestros propios cuerpos. La cadencia del naufragio
envejece nuestras almas. El fuego, arder, danzar, gritar, amar, despedazar el tiempo, ver reducido a cenizas el pasado, hacer humear el presente, es lo único que tenemos: un apretón de pechos, de lenguas, de muslos que se extravían, de vellos que caen a las brasas de la sábana.
Un te amo que huye despavorido ante el primer rayo de luz, que se va en la cadencia del calor de la mañana. Eso es… Es esa primera frase que te dije aquella tarde maldita: ardo por hacer el amor contigo.