Quisiera olvidar lo que inicié.

Deshonro a mi ídolo con mi excesiva sinceridad, mientras mi rostro de piedra se fisura ante la suavidad de sus mensajes y sonrisas.

La serenidad debería ser una joya que nos acompañe siempre.

Pero no es así, un toque en la espalda, un roce de manos, una poco precavida mirada, hacen que mi canto se desarticule y aparezca la lágrima o la sonrisa enamorada como malsín de mi intimidad.

Por descuido he sido espectador de mi propio drama, ese que aja mi rostro esta tarde.

Quise correr, encerrarme en mi hotel a reconfigurar la mirada, reensamblar la palabra, calmar el temblor producido por la delación. Pero la ansiedad por presenciar una de sus sonrisas me gana, y me quedo, enfrentándome con mi poco aprendido rol de amante de una mujer casada.

Se corre el riesgo de devolver el importe de la entrada por tan mala representación.

Escribe un comentario

*
*