A veces, por pudor, no decimos lo que creemos, porque lo que creemos es tan inverosímil que raya en la locura o en la duda hacia nosotros mismos. Por eso Paula no dijo que la asaltaba una certeza de lo indecible. No sabía cómo decirlo, no sabía si debía creerlo. ¿Cómo invocar la vida eterna o la muerte sin fin? ¿Cómo pensar que a ella, en su estupidez infinita, los ángeles del adulterio la habían rozado? Sigue…


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