Cuando era pequeña no me extrañaba desvanecer mi corporeidad en una danza con las nubes y mis antepasados. Sólo después de treinta años he debido darme cuenta de la monstruosidad que eso significa. Siempre fue fácil para mí abstraerme del mundo, que me aburría terriblemente, y convertirme en un soplo, rodear la sala de mi casa hecha una espiral, tal como se ven en los radares las masas de aire, los cúmulos de las lluvias o, en los telescopios, las nebulosas constelares. De hecho, cuando niña, me sorprendió mucho ver cómo las máquinas meteorológicas con las que trabajaba mi tío podían describir con tal perfección la danza que llevaba a cabo sobre los techos junto a mis abuelas. Sigue…

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