Toda mujer puede ser violada hija mía, esa es nuestra marca.

Todas podemos ser sojuzgadas ante ese último juez, y el juicio es increíblemente sórdido y continuo.

Las demás mujeres miran a la que ha sido horadada, deshonrada, expuesta en su pellejo, como a un despojo humano que lleva una enfermedad hace tiempo desterrada, y su respuesta es “yo soy inviolable”.

Nadie es inviolable, sin embargo, ni siquiera ellos.

El poder de la vagina dentada, el poder de la oscuridad de nuestro cuerpo, les ha hecho inventar un crimen en lugar de un poema.

Hoy, la violación, el acto impropio, el acoso sexual, el incesto, están reificados, como un panfleto en el piso después de una procesión.  Hay que ver el cuaderno de estrategia política para decidir si se está o no en contra del crimen.

Es algo demasiado horrendo para ser verdad.

Es algo demasiado horrendo para mentir con ello.

Debemos acompañar a la víctima siempre. Las mujeres sin sororidad se ponen del lado del victimario, para escupir en las caras de las -así vistas- leprosas, chingadas.

No cuentes con las altas funcionarias, hija mía, hermana mía, ellas se harán las desentendidas para no saltar el abismo que hay entre su poder (minúsculo) (y al lado del patriarca) y sus pasados valores.

Siempre es más fácil decirlo que hacerlo. Hay que estar en la piel de la decisión para probar tu moral.

Pequeños personajes de pasillo, pertenecientes al desafinado coro de adoración, gritan ¡blasfemia! Esos se creen inviolables, se creen perpetuos, o esconden sus incestos del pasado haciéndose ver en el retrato de quienes han sido felices, sin ser penetrados a la fuerza.

De todo pasa. Y nuestras hermanas permanecen en el limbo. Poc@s les creen. No hay decisión, es más probable que mientan por motivos políticos a que sea cierto… y la violencia pasa… otra vez, sobre ti y sobre mí…

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