Archivos en la Categoría: Tristán e Isolda

957082450_bd8072aaac_mPiensa en ella, en cómo aprendes a aceptarla, y en cómo no puedes vivir sin la nostalgia.

La soledad es la única amante que te permitirá pertenecerte, la única que no abandona ni desilusiona.

Complácete en ella, y aprende a amar y a no temer.

Mientras te regocijas en ella, yo estaré a la espera, acechándote en las noches de bits…

En cinco minutos comenzaré a extrañarlo. Nada puede borrar mi confusión y desconcierto. Los días pasan plácidos, una que otra tarde recuerdo la larga ausencia de Tristán, y el llanto apremia, pero hoy no es el caso.

La ausencia es una sólida nube.

Sólo quien está ausente es sagrado, cuando está a tu lado no lo valoras. Cuando no está lo idolatras, y si está lo desprecias. Esa es la experiencia de Dios.

Hoy ambos están ausentes, pero cinco minutos se hacen suficientes para idolatrar a Marke. Hoy descanso del vértigo del otro, y mi ternura languidece.

Hoy siento que Tristán y yo no podemos llamarnos amantes. Somos solo dos huérfanos tratando de superar su abandono primal, de la mano del otro…

Bendecía tu ausencia las noches que podía irme a dormir tranquila. Las noches en las que pude arreglármelas por mí misma -sin luna… Mis aullidos fueron escuchados, y la oscuridad me acompañó por días, enseñándome a aceptar que no se puede escapar de las batallas que has librado, las obras que has forjado, o los ojos que has amado.

Te amé antes de conocerte. Conocí tus embates de fiera antes de poseerte. Creí en ti antes de adorarte. Ese es mi presente al que no puedo traicionar.

He caminado todos estos días por distintos muelles, observando la dinámica de los puertos y nada me dicen. Yo no sé lo que es navegar. Estoy anclada en ti y estoy cómoda. Las aguas sólo me remiten a esa última tarde en el hotel cercano a tu oficina, ese día que me escapé y recorrí kilómetros solo por verte, desnudarte y volver.

Esa noche volvía bordeando el lago, con miles de sensaciones y sabores felices, feliz, ungida con luces de neón de mil colores, como un concierto de rock.

Estos días he visitado aeropuertos también, brincando a través de las ciudades, penetrando miradas y escarbando deseos. Deseando yo misma… La dinámica del aire nada me dice tampoco, porque los lugares son distintos cada vez que vuelas aunque sean los mismos. Pero para mí tu piel es siempre el territorio seguro, donde toda guerra acaba y donde toda guerra empieza.

Para mí el viento es lo que mueve tu cuerpo y aprieta tu pecho. Es mi espacio.

Deambulando por las noches he deseado desear otro amor. Esos deseos por cada sombra furtiva me han convencido de que tienes derecho a más que mis temores. Tienes derecho a más que mis tempestades. Por eso callo y anulo la espera intentando amar a otro. Cada vuelta de esquina promete un recomienzo, que el polvo se lleva tras las pisadas.

Inevitablemente la soledad está de mi lado. Los otros pasan, callan, observan, siguen… no son su objetivo. Soy yo, quien puede olerla en las teclas de mi control remoto.

Esta noche en mi cama sólo me queda por ofrecerte un elemento, el fuego.

Nada puede saciar mejor nuestra sed de encuentros y apaciguar la lejanía. Nuestra paz se consume en un instante, el mismo instante en que nos dejamos, y nuestra esperanza se cifra en el nanosegundo en que coincidimos. Eso es el fuego, fugacidad, idoneidad de la rápida huida, sin territorios ni mareas, una sola reconvención, un único orgasmo.

El olvido de las piedras y la incorporeidad de las aves nos agota en nuestros propios cuerpos. La cadencia del naufragio envejece nuestras almas. El fuego, arder, danzar, gritar, amar, despedazar el tiempo, ver reducido a cenizas el pasado, hacer humear el presente, es lo único que tenemos: un apretón de pechos, de lenguas, de muslos que se extravían, de vellos que caen a las brasas de la sábana.

Un te amo que huye despavorido ante el primer rayo de luz, que se va en la cadencia del calor de la mañana. Eso es… Es esa primera frase que te dije aquella tarde maldita: ardo por hacer el amor contigo.

Una vez vi en tus ojos lo que te unía a él. No necesitaba tus mensajes en la contestadora para revolver mi memoria.

Asumo sin pasiones tu traición, y sé que el juego es siempre extremo, que pocas veces nos mantenemos en las orillas de la escritura para dar serenidad a nuestras almas.

Porque lo que hacemos al escribir es dilatar la espera por el próximo gran golpe. Tú en mi cama, o en la de él, o yo en la de otra, y el juego recomienza con un temblor atávico de años de espera.

… Una que otra vez una lágrima atravesada.

… Yo ya estoy acostumbrado.

Recomienza una etapa en el que me permito una ilusión en un mar de certidumbres. La ilusión de que ella dejará de ser una amiga, la certeza de que tú eres mi única amante.

Ojalá yo pudiese ser como mi gato, que atrapa la luna en sus pupilas para no olvidarla cuando mengua. Hoy tú menguas, y yo cierro la ventana temiendo el huracán. Tratando de cerrar, como la ventana, una etapa de esperanza fatua.

Estaré en este lado del cable, sabiendo que twittearás nuevamente cuando se te pase la culpa, tus dos culpas por tus dos adulterios, perdonándote a la distancia, pagando el precio de amarte.

Soy una prostituta, camino incansable con la lujuria en los tacones. Mi único cliente a crédito eres tú, y precisamente hoy dudas si te amo. ¿Puede haber mayor acto de amor que entregarse a un hombre sin cobrarle, sin pedirle nada a cambio y creer en su promesa de que algún día me resarcirá de la espera?

Mientras todos celebran la fiesta sagrada de esta noche sin luna, yo sigo caminando, atravesando portales y escondrijos. Losas mojadas suenan mientras fumo, taconeo sobre charcos para esquivar la furia que empieza a producirme tu inacción… Hoy me enteré de que tu exilio es voluntario.

Me quedé sin rostro. Debo acompañar a mi mejor cliente a una reunión de trabajo, con sus socios pedantes que me desean tanto como tú. Y yo allí en medio, sonriendo y poniéndome en venta una vez más. Debo escapar de mi cólera.

Me quedé sin piso. Llamé a tu oficina después de que te habías ido. Llamé a tu móvil y me atendió otro. ¿Por qué te escondes? Esta noche siento que no tengo ningún poder sobre ti, que mi lujuria se reduce a la pantalla de una laptop y que todo lo que ha pasado ha sido obra de mi pensamiento deficiente.

Por eso estoy con él ahora. Acabo de dejarlo dormido, rebosante de felicidad al haberme tenido después de un largo tiempo. Te contaré paso a paso lo que me hizo, dejándote mensajes en la contestadora de tu casa.

Te narraré cómo me penetró mil veces y como en el interín tuve que morder sus hombros para no gritar tu nombre. No será fácil para ti olvidar cómo mi marido me hace el amor, cómo clavo mis uñas en sus caderas, cómo me desparramo sobre él para amansarlo, no te será fácil olvidar que él me ama.

El humo de mi cigarrillo se desvanece, como mi furia. Enciendo otro y sigo caminando para olvidar cómo me hacías el amor tú a mí.

Camino para olvidar tus promesas… y las mías…

A que no me extrañes durante la tardes en que no estás en tu oficina. Te reto a que te desvistas nuevamente sin pensar en mí. Mi desafío es para que te deshagas de mi memoria, aún cuando no reprimas el deseo por otras mujeres.

Aquí te espero. Te reto a que puedas vivir con eso.

Cuando alargues tu brazo en la noche para apagar la luz, cuando bajes la cabeza para no golpearte con el saliente en la escalera, cuando enciendas la moto para salir a la ciudad, estaré tras de ti como un hada de la bruma, conjurándote en el muelle, de este lado del mar.

Tu mar es extraño, el mío es común. Sumérjete en mí y no esperes más por los fantasmas.

Sé que lo has intentado miles de veces, sé que no has podido superar mi desafío en veinte años, y que aún preguntas cuando sueñas por qué

Por qué yo soy tu única respuesta…

Como para silenciar todo su mundo?

La linda cara de ella contrastaba con su rostro de mimo inmortal, su pretendida imitación de Buster Keaton.

No se sabe qué fue del café. ¿Será que la brisa que provenía del cabello de ella lo enfrió?

Quisiera olvidar lo que inicié.

Deshonro a mi ídolo con mi excesiva sinceridad, mientras mi rostro de piedra se fisura ante la suavidad de sus mensajes y sonrisas.

La serenidad debería ser una joya que nos acompañe siempre.

Pero no es así, un toque en la espalda, un roce de manos, una poco precavida mirada, hacen que mi canto se desarticule y aparezca la lágrima o la sonrisa enamorada como malsín de mi intimidad.

Por descuido he sido espectador de mi propio drama, ese que aja mi rostro esta tarde.

Quise correr, encerrarme en mi hotel a reconfigurar la mirada, reensamblar la palabra, calmar el temblor producido por la delación. Pero la ansiedad por presenciar una de sus sonrisas me gana, y me quedo, enfrentándome con mi poco aprendido rol de amante de una mujer casada.

Se corre el riesgo de devolver el importe de la entrada por tan mala representación.

Me inventaré que la espalda desnuda que recuerdo no es la del placer sino la del adiós, que fue lo último que vi de ti cuando me alejé. Tal vez así logre despejar la memoria y permitir que mi cerebro funcione para algo más que esperar verte aparecer en el messenger.

Me convenzo a mí misma de que PseudoIsolda era la mujer que te convenía, la única pequeña frágil que tu bondad amparaba. Trato de imaginar que yo no te necesito ni te merezco, y que dejo para otras la limosna de tu protección.

Trato de pensar, y con ese pensar… racionalizar… entender que ella siempre fue la opción para ti, que debí convencerte de luchar por ella. Que aunque hubiese mujeres más ardientes, más audaces o más inteligentes, ella era la que estaba destinada a ti, y que nada hacemos con desafiar al fatum.

Pero yo no pienso, yo siento y luego existo, yo no soy una impostura como todos los demás. Yo estoy perdida en tu lejanía, en tu olor ausente, en tu halo de bits sobre mi escritorio, y para mí es imposible dejar de llorar.

Para mí es imposible ahora creer en el destino. Mi única diosa es la lluvia, y lloro sin razón, vuelta una con ella.